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En palabras de Goethe, "todo comienzo tiene su encanto", así que si es la primera vez que te sumerges en 'Yo Periodista' quizás seas partícipe del encanto de la profesión periodística desde la mirada de su autora. Si ya has visitado este blog, Yo Periodista intentará transmitirte ese encanto del comienzo....
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miércoles, 16 de marzo de 2016

Yo, mujer nervense... ¡Gracias!

"Gracias, muchísimas gracias, Nerva". Así finalizaba mi discurso hace cuatro años justo en este salón de plenos de nuestro Ayuntamiento. Y hoy, otra vez aquí, emocionada y ante todos vosotros, con una sencilla intención: agradecer y agradecer este reconocimiento que de nuevo me regala mi pueblo.

En primer lugar, quiero agradecer a todas aquellas personas que me han votado como digna merecedora de esta distinción en estos Premios a la Mujer Nervense, y en una modalidad que todos abanderamos con orgullo, la cultura, la mejor de nuestras seña de identidad  como nervenses, y con la que intento colaborar siempre y difundirla por donde puedo y más allá. 
Y ¿por qué? Porque sencillamente quiero a esta tierra, Nerva y la Cuenca Minera de Riotinto, mi tierra; porque necesito sentirme cerca por muy lejos que las circunstancias me lleven, respirarla, caminar por el Paseo y estar con su gente, con mi gente... Puede que sí, que mi labor de difusora de "lo nuestro" sólo se deba a este "nervensismo" irremediable que padezco y que sé que sufren encantados los que están a mi lado, mi familia y sobre todo mi marido, -y hasta mi pequeño-, pero que me apoyan siempre para seguir haciendo lo que más me gusta, para animarme Y para allanarme el camino por muy difícil que se me haga llevarlo a cabo o estar aquí en mi Nerva.
Y de mi Nerva, por otro lado, quiero agradecer también a todos aquellos que no me han votado pero han participado en la elección de nuestras mujeres nervenses, en cualquiera de las áreas, porque todas y cada una de ellas se merecen este reconocimiento igual o más que yo. Y ahí, con su arte, he tenido el lujo de compartir nominación de nuevo con nuestra Leticia Zamorano, una de las mujeres de mi G80, implicada y entregada en cada  uno de los proyectos artístico-culturales que surgen en nuestro pueblo, que son muchos. Por eso, hoy este galardón también es tuyo, Lety, mi artistaza nervense.


Quiero además mostraros mi orgullo al coincidir en estos premios con otras dos grandes mujeres, tanto lo deportivo como en lo social. De un lado, sigue de enhorabuena mi generación, Ylenia Rodríguez Ruciero, mujer entregada desde siempre al deporte, desde que era una niña, ¿quién no la recuerda jugando al balonmano o como como monitora de natación de niños siendo ella casi una chiquilla?...Ahora, desde la piscina municipal climatizada y organizadora de otros eventos lúdico-deportivos en nuestro pueblo, ya tocaba reconocerle todo su esfuerzo y su tesón en pro del deporte de Nerva. Y junto a ella, y ya en Sociedad aunque lamentablemente a título póstumo, todo un ejemplo de mujer valiente, luchadora y entregada a su gente en unos momentos difíciles y complicados de la historia de Nerva, Julia Rufo, de la que tengo que confesar poco conocía y que gracias a este premio sus familiares nos han acercado lo indeleble de su recuerdo para al fin hoy hacerle  justicia.


Porque desde luego es de justicia destacar la labor de muchas mujeres nervenses que han engrandecido nuestro pueblo  a lo largo de su historia y de las que  siguen colaborando para  hacerlo mejor cada día. Por ello hay que aplaudir la organización de estas intensas jornadas en torno al 8 de marzo que se han preparado desde la Concejalía de Igualdad  con las sociedades Centro Cultural,  Círculo Comercial, el CADE y el museo Vázquez Díaz, así como destacar la  impecable moderación de las votaciones de esta nueva elección popular por parte de mi compañero y director de Onda Minera, Juan Antonio Hipólito.

Sin embargo, también es de justicia destacar y aplaudir a otras muchas, muchísimas más mujeres de Nerva que hoy no saldrán a recoger aquí ningún galardón y que seguro incluso se encuentran muchas entre el público de este salón de plenos; a todas esas mujeres nervenses que cada día levantan este pueblo y a sus familias, que trabajan y luchan por salir adelante, en sus casas y en sus trabajos sea el que sea, por hacer una sociedad más justa, más solidaria, que miran por nuestro entorno... INFINITAS GRACIAS a todas ellas por, en silencio y sin mucho bombo, luchar por no quedarse fuera de juego.

Estos días, mientras preparaba estas palabras, leía infinidad de artículos y noticias dedicadas al papel de la mujer en la actualidad: sobre las desigualdades que aún existen, sobre el machismo que aún impera en muchos campos, sobre la problemática que se nos presenta a las mujeres con la siempre difícil conciliación de la vida laboral y familiar... Y todo esto,  también se evidencia en mi ámbito, si analizamos los medios de comunicación como reflejo de la sociedad, o viceversa: las mujeres se quedan fuera, somos minoría en todas las informaciones, salvo en las que tienen que ver con la violencia, en las que tristemente suponemos  el 51% de las noticias. En internet, más de lo mismo, cuando una mujer protagoniza una noticia en casi la mitad de las ocasiones roza lo efímero por ser una celebrity, pareja o ex de... etc. y por contra, estamos casi ausentes en las de política, economía o  ciencia y tecnología. Y esto es cuanto menos lamentable, porque así también desde los propios medios se  nos sigue condenando a la invisibilidad y a perpetuar unos roles determinados: los que nos relacionan a las mujeres con la salud, el cuidado de familiares o con la violencia de género.

Sin duda, queda mucho por hacer, muchísimo, pero lejos de un feminismo extremo que a nada nos lleva; queda mucho por hacer y no para ser mejores que los hombres ni para quitarles sus puestos sino para ser SENCILLAMENTE IGUALES, y estar al lado no detrás ni delante,  al mismo nivel de destacados.

Queda mucho por hacer y, seguro,  muchos más premios a las mujeres de Nerva, con los que se  nos inviten a seguir trabajando y luchando por nuestros sueños, por ser más libres... Y, sobre todo, a no callarnos: 
I am free. Laura Cirilo

NO te calles, mujer!
Que él no es más hombre
si te pega
               o te insulta
y te desprecia.
No te calles, mujer!
Que él no es más hombre
si te engaña
                     con halagos
o con sus besos
y abrazos del después!
Que no, que no eres suya
ni de nadie. No temas,
grítalo con el pecho descubierto:
"soy libre,
                 I am free",
- que no importa el idioma -
¡No te calles, mujer!


¡Gracias, muchísimas gracias!



Carmen Alcázar
Nerva, 8 de marzo de 2016

Vídeo del acto en Onda Minera RTVN, pinchando AQUÍ

jueves, 1 de octubre de 2009

La granja danesa de El Zumajo

Con motivo de las pasadas Fiestas Patronales de San Bartolomé en Nerva se publicó en la edición de 2009 de la revista Nervae un artículo de nuestro amigo, el periodista Juan Carlos León Brázquez: "La granja danesa del Zumajo", el preludio del libro y documental que el periodista está preparando sobre El Zumajo bajo el título Yo tenía una granja en Riotinto. Yo Periodista rescata este interesante artículo para sus lectores, agradeciendo a su autor que tan gustosamente nos lo ha facilitado.

La granja danesa de El Zumajo. (Por Juan Carlos León Brázquez)

1926. Karen Hase en La Berrocosa con mis abuelos y tios.
Foto: J.C. León Brázquez.


Cuando mi padre me enseñó la fotografía más antigua que conservaba, le pregunté por aquella mujer de cuidado aspecto que junto a mis abuelos y tíos estaba en 1926 en la finca La Berrocosa, en el término de El Madroño. “Es la mujer de Don Kae, el dané - respondió-, el jefe de mi padre, un ingeniero agrónomo que trabajaba en el departamento de Tierras y Ganados de “la Compañía”. Fue él quien hizo la fotografía a mis padres y hermanos”. A partir de entonces quise saber quiénes eran aquellos “Hase” que habían formado parte de la vida de mi familia.

Inmediatamente descubrí que aquella mujer tenía muchas similitudes con la protagonista de Memorias de África. Eran danesas, tenían el mismo nombre –Karen-, habían viajado en los mismos años a lejanos países, se habían instalado en sus granjas y ambas, en tiempo diferente, volvieron arruinadas a Dinamarca donde morirían. Quizás nuestra Karen nunca entró en el Salón –Solo Hombres- del Club inglés de Bella Vista, aunque he podido constatar que también fue muy apreciada y querida por quienes la conocieron.

Foto de boda de los Hase. Colección El Casino Esperanza.

Su historia entre nosotros comenzó en 1916, cuando a su marido danés, Kai Hase, le ofrecieron con 26 años venir a Río Tinto para reforestar una extensa zona de 9.000 hectáreas alrededor de la mina. Lo hizo con un batallón de niños piñoneros a quienes organizó para que con una espiocha (zapapico) cavasen hoyos en las áridas tierras de nuestros montes y con una bolsita de tela llena de piñones los fueran depositando ordenadamente en aquellos agujeros. La explotación minera necesitaba madera para la entibación de la mina, pero además aquel proyecto se había convertido en una apuesta personal del director general (General Manager) de la Rio-Tinto Company Limited, Walter James Browning Spencer, quien llegó a la cuenca inmediatamente después de que dejasen de funcionar las temidas teleras que tantos conflictos habían causado en la zona durante décadas. Todos sabemos hoy cómo aquellas calcinaciones de mineral al aire libre expulsaban a la atmósfera humos sulfurosos que no solo afectaban a la salud de las personas y animales, sino que destruían todo tipo de vegetación.

La novela y película “El corazón de la tierra” muestran los efectos de aquel método que llevó a la gran huelga de 1888 que quedó grabada en nuestro imaginario popular como el año de los tiros, con sangrientas consecuencias que condicionaría el futuro sociolaboral de la cuenca minera. Browning deseaba hacer olvidar cuanto antes los efectos de las teleras, de ahí su proyecto para reforestar la zona, cosa que encomendó a aquel joven agrónomo de Copenhague, quien con entusiasmo se embarcó en el proyecto que inició la silvicultura en Huelva.
El éxito llevó unos años después a W. Browning a valorar las especiales condiciones climáticas de la zona para proponer la introducción de otros tipo de plantas y árboles, por lo que el director general de la RTCL habló con el principal accionista de la empresa, el banquero londinense Lionel N. de Rothschild, quien se consideraba “banquero por afición y jardinero de profesión”. La idea fue rápidamente aceptada, Rothschild había comprado en 1919 una hermosa finca en Exbury, cerca de Southampton, que recibía numerosas plantas que le llegaban de las exploraciones que financiaba en las más recónditas tierras del Imperio. Visitó El Zumajo en Ríotinto y prometió a Kai Hase que le enviaría ““melocotones, nectarinas, caquis y semillas de nogal”, que encargó en Japón y EE.UU.. Los frutos fueron inmediatos y en agradecimiento Browning le remitió a Inglaterra bellotas dulces “de las que crecen en este país”, semillas de cistáceas (plantas conocidas como rosas de roca) muy abundantes en el norte de Huelva e incluso pomelos, cuyo origen se databan en La Florida. Los resultados de aquellas primeras plantaciones entusiasmaron tanto a Lionel N. Rothschild que volvió a enviar a El Zumajo más de 30 nuevas especies de plantas, como eucaliptus, yucas y una flor muy abundante en la campiña inglesa, como son las clematis. Aquel envío no tendría continuidad, ya que el entonces presidente de la empresa, Sir Auckland Geddes quiso acabar con los expeditivos métodos para reventar huelgas y someter a los obreros de W. Browning, a quien pidió y obtuvo su dimisión, e incluso aprovechando un viaje del director general con su mujer, Eleanor y su hija Patricia, le prohibió volver a Ríotinto. Tras pleitear por unas deudas, aquel temido “cow boy” que se paseaba con su caballo y su rifle Winchester para imponer su ley, terminaría por instalarse en San Juan de Aznalfarache e invertir en arrozales, cosa que no le fue nada bien.

1923. Cuadro de Nina Hase. Entrada a las cuadras desde el patio de la cocina. Foto: León Brázquez

El matrimonio Hase estaba instalado en El Zumajo, donde tenían su casa rodeada de plantas y una granja agropecuaria que, como gráficamente me decía Aquilino Domínguez, “había de tó”. Las plantas y árboles exóticos dejaron de llegar, pero a cambio se comenzaron a comercializar los numerosos productos que se producían en aquella granja. Todos los días llegaban a Bella Vista y a la Plaza de Abastos de El Valle los productos de la huerta (hortalizas y frutas), leche, huevos…El suministro nunca faltó en aquella selectiva colonia, ni aún en los periodos de penuria.

Kai Hase enfermó de cáncer en plena guerra civil y viajó a Dinamarca para intentar recuperarse, pero murió el 31 de diciembre de 1940 en los brazos de su mujer. Karen, que no había tenido hijos, decidió volver de forma inmediata a su casa de El Zumajo y seguir adelante con aquella explotación agropecuaria, que alquiló a “la Compañía” con una nueva empresa “Viuda de Kai Hase”, lo que satisfizo tanto a la colonia británica como a las familias de trabajadores que habían mantenido la finca durante su ausencia en Dinamarca.

Quienes la conocieron la recuerdan montada en su caballo Zolo, un colorao con una enorme mancha blanca en la cara, y con sus perros grandes daneses, uno de ellos llamado Hamlet. Le gustaban los niños, especialmente tenía un cariño especial por Pedro Cruz, nacido allí en El Zumajo. “La despertaba todos los días a las nueve de la mañana y pedía permiso para comer en la casa. Ella siempre comía sola porque quería mantener esa distancia que le daba su posición social”. Organizaba fiestas infantiles en Navidad, que se habían convertido en toda una tradición, una para los niños de la granja y otra para los de Bella Vista, pero todos tenían un regalo con su nombre. “En navidades montaba el Belén y el árbol, pino flande”, matiza Pedro Cruz, “lo montaba Gregorito, un decorador de Ríotinto, lo adornaba con velas, le ponía unas pinzas y lo decoraba muy bien. Nos citaba a todas las familias que vivíamos allí y con un papel de seda, de colores, nos metía caramelos, higos, pasas, garrapiñadas, almendras, cerraba la bolsa con un lacito y con el nombre de cada uno las colocaba a los pies del árbol. Todos los niños teníamos nuestra bolsita, nos daba ese día chocolate con dulces y pastas que se hacían en la casa, y formábamos un corro alrededor del árbol, todos cogidos de la mano. Era maravilloso”. “Aquel party era una delicia -comenta Isabel Naylor que vivía en Bella Vista y que también acudía de niña al pic-nic que organizaba Mrs. Hase - nos tenía regalos a todos y organizaba un campeonato de Badmington en la pista que tenía la casa y como premio nos llevaban a las vaquerizas algo distantes del bungalow a ordeñar las vacas y nos daban unos riquísimos vasos de leche. ¡Pobres vacas¡ no sabíamos ordeñarlas a pesar de los intentos del encargado que cada año se esforzaba por enseñarnos. Nosotros éramos muy felices, mientras las vacas tenían que aguantar nuestros disparates”.

Nerva. La ausencia de vegetación conformaba el paisaje a principios del siglo XX.Foto cedida por el Restaurante Época.



Cuando en 1952 se abrió el Club Naútico en el nuevo pantano de El Zumajo se incrementaron las visitas por la cercanía de “El Cortijo”. Allí se podía nadar, pescar o regatear a vela, e incluso se jugaba al tiro al plato. Un maravilloso lugar lleno de palmeras, pinos, nísperos, caquis que su marido había plantado en sus inicios en Río Tinto. Todos sus amigos querían visitarla porque la señora Hase era una magnífica anfitriona y agradecía amablemente las visitas dado lo apartado del lugar, incluso haciéndoles plantar a cada uno su propio árbol. La casa siempre se encontraba lista para recibir a sus continuos huéspedes. “Fui muchas veces a su casa, me encantaba ir a merendar”, comenta Juanita Villanueva. “Era una señora muy agradable, con una casa a la inglesa, con muchos detalles y con un servicio magnífico, estupendo, al que había enseñado muy bien”. “Lo teníamos que tener todo en orden y servir a los invitados”, comenta Sofía Márquez que trabajaba en la casa. “Cuidábamos de la casa y del jardín, donde había jacintos, narcisos, gladiolos, zinnias, macetas de begonias, enredaderas… Cortábamos la grama del césped que estaba delante de la casa. También había avellanos que se cortaban para que no tapara la vista de la carretera y un magnolio frente a la casa”. “El jardín era una maravilla –recuerda Pedro Cruz- se veían plantas y flores que entonces no veías en ningún otro sitio”.

Aquella vida terminó cuando la Compañía Española de Minas de Río Tino compró a los ingleses la explotación en junio de 1954. Karen Hase tuvo que abandonar El Zumajo en precarias condiciones económicas tras haber vivido en aquella granja 40 años. Se refugió en el Hotel Esperanza de Punta Umbría, hasta que ya enferma regresó a Dinamarca en donde murió el 30 de enero de 1970.

Nada queda de su casa en El Zumajo, solo la fila de Palmeras que abría pasillo y que hoy están rodeadas de frutales plantados por la RíoTinto Fruit, que aprovechó los estudios del terreno , pluviometría y temperaturas que los ingleses acumularon durante sus 80 años en la comarca. Las 42.000 toneladas de cítricos y otras frutas de hueso (melocotones, albaricoques, nectarinas y ciruelas) que hoy se obtienen en aquellas huertas son el mejor testimonio de la visión y esfuerzo de aquellos lejanos años.

Mi padre recuerda a Mrs. Hase de sus visitas y regalos y cuenta que su marido “Don Kae” les llevó unos plátanos, pero al no gustarles los tiraron a los cerdos. “Don Kae” muerto de risa les enseñó a pelarlos para que no volvieran a comérselos con cascara. Y mi madre iba andando con las compañeras del Colegio de “las monjas” de Nerva a ver a “ Doña Karina” a El Zumajo y pasar allí un día de gira, como se decía antes. Eran otros tiempos, los tiempos de los ingleses, algo que queda perfectamente reflejado en la vieja fotografía que Karen Hase le regaló a mi padre.
(Mi agradecimiento a todos los que me han prestado sus testimonios y fotografías)

martes, 22 de septiembre de 2009

La granja danesa de El Zumajo (Por Juan Carlos León Brázquez)

Con motivo de las Fiestas Patronales de San Bartolomé en Nerva se publicó en la edición de 2009 de la revista Nervae un artículo bastante interesante de nuestro amigo, el periodista Juan Carlos León Brázquez: "La granja danesa del Zumajo", el preludio del libro y documental que el periodista está preparando sobre El Zumajo bajo el título Yo tenía una granja en Riotinto. Yo Periodista


La granja danesa de El Zumajo. (Por Juan Carlos León Brázquez)

1926. Karen Hase en La Berrocosa con mis abuelos y tios.
Foto: J.C. León Brázquez.


Cuando mi padre me enseñó la fotografía más antigua que conservaba, le pregunté por aquella mujer de cuidado aspecto que junto a mis abuelos y tíos estaba en 1926 en la finca La Berrocosa, en el término de El Madroño. “Es la mujer de Don Kae, el dané - respondió-, el jefe de mi padre, un ingeniero agrónomo que trabajaba en el departamento de Tierras y Ganados de “la Compañía”. Fue él quien hizo la fotografía a mis padres y hermanos”. A partir de entonces quise saber quiénes eran aquellos “Hase” que habían formado parte de la vida de mi familia.

Inmediatamente descubrí que aquella mujer tenía muchas similitudes con la protagonista de Memorias de África. Eran danesas, tenían el mismo nombre –Karen-, habían viajado en los mismos años a lejanos países, se habían instalado en sus granjas y ambas, en tiempo diferente, volvieron arruinadas a Dinamarca donde morirían. Quizás nuestra Karen nunca entró en el Salón –Solo Hombres- del Club inglés de Bella Vista, aunque he podido constatar que también fue muy apreciada y querida por quienes la conocieron.

Foto de boda de los Hase. Colección El Casino Esperanza.


Su historia entre nosotros comenzó en 1916, cuando a su marido danés, Kai Hase, le ofrecieron con 26 años venir a Río Tinto para reforestar una extensa zona de 9.000 hectáreas alrededor de la mina. Lo hizo con un batallón de niños piñoneros a quienes organizó para que con una espiocha (zapapico) cavasen hoyos en las áridas tierras de nuestros montes y con una bolsita de tela llena de piñones los fueran depositando ordenadamente en aquellos agujeros. La explotación minera necesitaba madera para la entibación de la mina, pero además aquel proyecto se había convertido en una apuesta personal del director general (General Manager) de la Rio-Tinto Company Limited, Walter James Browning Spencer, quien llegó a la cuenca inmediatamente después de que dejasen de funcionar las temidas teleras que tantos conflictos habían causado en la zona durante décadas. Todos sabemos hoy cómo aquellas calcinaciones de mineral al aire libre expulsaban a la atmósfera humos sulfurosos que no solo afectaban a la salud de las personas y animales, sino que destruían todo tipo de vegetación.

La novela y película “El corazón de la tierra” muestran los efectos de aquel método que llevó a la gran huelga de 1888 que quedó grabada en nuestro imaginario popular como el año de los tiros, con sangrientas consecuencias que condicionaría el futuro sociolaboral de la cuenca minera. Browning deseaba hacer olvidar cuanto antes los efectos de las teleras, de ahí su proyecto para reforestar la zona, cosa que encomendó a aquel joven agrónomo de Copenhague, quien con entusiasmo se embarcó en el proyecto que inició la silvicultura en Huelva.
El éxito llevó unos años después a W. Browning a valorar las especiales condiciones climáticas de la zona para proponer la introducción de otros tipo de plantas y árboles, por lo que el director general de la RTCL habló con el principal accionista de la empresa, el banquero londinense Lionel N. de Rothschild, quien se consideraba “banquero por afición y jardinero de profesión”. La idea fue rápidamente aceptada, Rothschild había comprado en 1919 una hermosa finca en Exbury, cerca de Southampton, que recibía numerosas plantas que le llegaban de las exploraciones que financiaba en las más recónditas tierras del Imperio. Visitó El Zumajo en Ríotinto y prometió a Kai Hase que le enviaría ““melocotones, nectarinas, caquis y semillas de nogal”, que encargó en Japón y EE.UU.. Los frutos fueron inmediatos y en agradecimiento Browning le remitió a Inglaterra bellotas dulces “de las que crecen en este país”, semillas de cistáceas (plantas conocidas como rosas de roca) muy abundantes en el norte de Huelva e incluso pomelos, cuyo origen se databan en La Florida. Los resultados de aquellas primeras plantaciones entusiasmaron tanto a Lionel N. Rothschild que volvió a enviar a El Zumajo más de 30 nuevas especies de plantas, como eucaliptus, yucas y una flor muy abundante en la campiña inglesa, como son las clematis. Aquel envío no tendría continuidad, ya que el entonces presidente de la empresa, Sir Auckland Geddes quiso acabar con los expeditivos métodos para reventar huelgas y someter a los obreros de W. Browning, a quien pidió y obtuvo su dimisión, e incluso aprovechando un viaje del director general con su mujer, Eleanor y su hija Patricia, le prohibió volver a Ríotinto. Tras pleitear por unas deudas, aquel temido “cow boy” que se paseaba con su caballo y su rifle Winchester para imponer su ley, terminaría por instalarse en San Juan de Aznalfarache e invertir en arrozales, cosa que no le fue nada bien.

1923. Cuadro de Nina Hase. Entrada a las cuadras desde el patio de la cocina. Foto: León Brázquez

El matrimonio Hase estaba instalado en El Zumajo, donde tenían su casa rodeada de plantas y una granja agropecuaria que, como gráficamente me decía Aquilino Domínguez, “había de tó”. Las plantas y árboles exóticos dejaron de llegar, pero a cambio se comenzaron a comercializar los numerosos productos que se producían en aquella granja. Todos los días llegaban a Bella Vista y a la Plaza de Abastos de El Valle los productos de la huerta (hortalizas y frutas), leche, huevos…El suministro nunca faltó en aquella selectiva colonia, ni aún en los periodos de penuria.

Kai Hase enfermó de cáncer en plena guerra civil y viajó a Dinamarca para intentar recuperarse, pero murió el 31 de diciembre de 1940 en los brazos de su mujer. Karen, que no había tenido hijos, decidió volver de forma inmediata a su casa de El Zumajo y seguir adelante con aquella explotación agropecuaria, que alquiló a “la Compañía” con una nueva empresa “Viuda de Kai Hase”, lo que satisfizo tanto a la colonia británica como a las familias de trabajadores que habían mantenido la finca durante su ausencia en Dinamarca.

Quienes la conocieron la recuerdan montada en su caballo Zolo, un colorao con una enorme mancha blanca en la cara, y con sus perros grandes daneses, uno de ellos llamado Hamlet. Le gustaban los niños, especialmente tenía un cariño especial por Pedro Cruz, nacido allí en El Zumajo. “La despertaba todos los días a las nueve de la mañana y pedía permiso para comer en la casa. Ella siempre comía sola porque quería mantener esa distancia que le daba su posición social”. Organizaba fiestas infantiles en Navidad, que se habían convertido en toda una tradición, una para los niños de la granja y otra para los de Bella Vista, pero todos tenían un regalo con su nombre. “En navidades montaba el Belén y el árbol, pino flande”, matiza Pedro Cruz, “lo montaba Gregorito, un decorador de Ríotinto, lo adornaba con velas, le ponía unas pinzas y lo decoraba muy bien. Nos citaba a todas las familias que vivíamos allí y con un papel de seda, de colores, nos metía caramelos, higos, pasas, garrapiñadas, almendras, cerraba la bolsa con un lacito y con el nombre de cada uno las colocaba a los pies del árbol. Todos los niños teníamos nuestra bolsita, nos daba ese día chocolate con dulces y pastas que se hacían en la casa, y formábamos un corro alrededor del árbol, todos cogidos de la mano. Era maravilloso”. “Aquel party era una delicia -comenta Isabel Naylor que vivía en Bella Vista y que también acudía de niña al pic-nic que organizaba Mrs. Hase - nos tenía regalos a todos y organizaba un campeonato de Badmington en la pista que tenía la casa y como premio nos llevaban a las vaquerizas algo distantes del bungalow a ordeñar las vacas y nos daban unos riquísimos vasos de leche. ¡Pobres vacas¡ no sabíamos ordeñarlas a pesar de los intentos del encargado que cada año se esforzaba por enseñarnos. Nosotros éramos muy felices, mientras las vacas tenían que aguantar nuestros disparates”.

Nerva. La ausencia de vegetación conformaba el paisaje a principios del siglo XX. El Casino Esperanza.

Cuando en 1952 se abrió el Club Naútico en el nuevo pantano de El Zumajo se incrementaron las visitas por la cercanía de “El Cortijo”. Allí se podía nadar, pescar o regatear a vela, e incluso se jugaba al tiro al plato. Un maravilloso lugar lleno de palmeras, pinos, nísperos, caquis que su marido había plantado en sus inicios en Río Tinto. Todos sus amigos querían visitarla porque la señora Hase era una magnífica anfitriona y agradecía amablemente las visitas dado lo apartado del lugar, incluso haciéndoles plantar a cada uno su propio árbol. La casa siempre se encontraba lista para recibir a sus continuos huéspedes. “Fui muchas veces a su casa, me encantaba ir a merendar”, comenta Juanita Villanueva. “Era una señora muy agradable, con una casa a la inglesa, con muchos detalles y con un servicio magnífico, estupendo, al que había enseñado muy bien”. “Lo teníamos que tener todo en orden y servir a los invitados”, comenta Sofía Márquez que trabajaba en la casa. “Cuidábamos de la casa y del jardín, donde había jacintos, narcisos, gladiolos, zinnias, macetas de begonias, enredaderas… Cortábamos la grama del césped que estaba delante de la casa. También había avellanos que se cortaban para que no tapara la vista de la carretera y un magnolio frente a la casa”. “El jardín era una maravilla –recuerda Pedro Cruz- se veían plantas y flores que entonces no veías en ningún otro sitio”.

Aquella vida terminó cuando la Compañía Española de Minas de Río Tino compró a los ingleses la explotación en junio de 1954. Karen Hase tuvo que abandonar El Zumajo en precarias condiciones económicas tras haber vivido en aquella granja 40 años. Se refugió en el Hotel Esperanza de Punta Umbría, hasta que ya enferma regresó a Dinamarca en donde murió el 30 de enero de 1970.

Nada queda de su casa en El Zumajo, solo la fila de Palmeras que abría pasillo y que hoy están rodeadas de frutales plantados por la RíoTinto Fruit, que aprovechó los estudios del terreno , pluviometría y temperaturas que los ingleses acumularon durante sus 80 años en la comarca. Las 42.000 toneladas de cítricos y otras frutas de hueso (melocotones, albaricoques, nectarinas y ciruelas) que hoy se obtienen en aquellas huertas son el mejor testimonio de la visión y esfuerzo de aquellos lejanos años.

Mi padre recuerda a Mrs. Hase de sus visitas y regalos y cuenta que su marido “Don Kae” les llevó unos plátanos, pero al no gustarles los tiraron a los cerdos. “Don Kae” muerto de risa les enseñó a pelarlos para que no volvieran a comérselos con cascara. Y mi madre iba andando con las compañeras del Colegio de “las monjas” de Nerva a ver a “ Doña Karina” a El Zumajo y pasar allí un día de gira, como se decía antes. Eran otros tiempos, los tiempos de los ingleses, algo que queda perfectamente reflejado en la vieja fotografía que Karen Hase le regaló a mi padre.

(Mi agradecimiento a todos los que me han prestado sus testimonios y fotografías)

jueves, 28 de febrero de 2008

Francisco Peregil: “Mi afán siempre fue estar donde haya cosas que contar” (*)

La guerra de Irak sigue siendo actualidad, y sin duda ha marcado un hito en la historia del periodismo de guerra; los periodistas han jugado un papel bastante importante en ella. Francisco Peregil a sus 36 años, es redactor de El País desde hace 14. En el 2003 viajó como enviado especial a Bagdad. Además de su labor como reportero, este periodista nervense no olvida su verdadera pasión: la literatura; así ha escrito la biografía Camarón de la Isla. El dolor de un príncipe, y las novelas Dulce como la hiel de tus labios y Era tan Bella (Mención especial del Premio Nadal). Su último libro no podía ser de otra forma, su experiencia como Reportero en Bagdad (Planeta, 2003). Pero sin duda alguna, lo que realmente asombra es su calidad humana, su pasión por la profesión, y sobre todo su humildad y simpatía con que trata a los que acuden a él ante cualquier problema.


Carmen Alcázar: En tu último libro hablas de una guitarra, canciones flamencas…. Puedo suponer que es una de tus aficiones ¿no?
Francisco Peregil: Mi pasión es la lectura. Es mucho más que una afición. Después de eso, en efecto, viene el fútbol, los bailes latinos y la guitarra. Pero la guitarra es algo que he descubierto sólo hace poco más de un año. Siempre me ha gustado oírla, pero por fin me decidí a aprenderla. Esto del periodismo es una profesión muy absorbente y siempre conviene ensanchar el horizonte.

C. A.: Y, supongo que fue un verdadero lujo hacer la biografía de Camarón, ¿cómo recuerdas a Camarón?
F. P
.: La empecé y la terminé cuando yo tenía 25 años. Fue un verdadero esfuerzo porque tenía que sacar el tiempo de mis ratos libres. Y el mundo del flamenco es muy cerrado. Camarón era para mí algo totalmente desconocido y cuando te acercas a algo desconocido siempre te quedas con un sabor agridulce.



“No hay que confundir la gente de 'Aquí hay tomate' y todas las salsas del mundo con los profesionales del periodismo”


C. A.: ¿Por qué elegiste ser periodista?
F. P:
Para aprender a escribir. Yo tenía muy claro que mi pasión era la literatura. Y que el periodismo podía servirme para aprender a escribir. Creo que la segunda carrera que puse como opción fue Filología.

C. A.: Supongo que has tenido que trabajar muy duro para conseguir estar en El País, ¿fueron muy duros tus comienzos en los medios?
F. P.:
Yo tenía una ansiedad tremenda por empezar a trabajar, por hacer prácticas. Y estaba muy difícil la cosa. Envié como cincuenta cartas a todo tipo de periódicos. Al final, en quinto curso, por las notas me salieron dos cosas a la vez: prácticas de verano en TVE española y en un periódico económico que se llamaba La Economía 16. Escogí La Economía, con tan mala suerte que cerró ese mismo verano. Entonces me presenté en el mundo y empecé a colaborar. Me hicieron contrato al cuarto mes y cuando llevaba seis me llamaron de El País. De eso hace 14 años. Y aquí sigo, esperando a que me echen.



C. A.: La profesión periodística ha estado muy mitificada desde siempre; quizás hoy en día esté un poco desvirtuada, ¿Cómo ves actualmente la profesión periodística?
F. P.:
Creo que hay de todo. Estoy leyendo un libro de Balzac que se titula las Ilusiones Perdidas y te habla del periodismo en Francia allá por 1819. Creo que la cosa ha mejorado bastante desde entonces. No hay que confundir la gente de “Aquí hay tomate” y todas las salsas del mundo con los profesionales del periodismo, por más que a ellos mismos se les llene la boca diciendo que son periodistas.


“El periodismo es una profesión muy absorvente, siempre conviene ensanchar el horizonte"


C. A.: ¿Te ves haciendo otra cosa que no sea el periodismo?
F. P.:
Jugando de delantero centro en el Real Madrid. Pero hay un tal Ronaldo que creo que tiene enchufe y lo tengo crudo


C. A.: ¿Qué tacharía como lo peor de la profesión?
F. P.:
Lo peor es que lo devora todo. Le puedes echar a este trabajo toda la energía del mundo, toda la ilusión, la creatividad, las ganas y que todo eso se traduzca en grandes exclusivas y grandes reportajes, en reconocimiento. Pero un día, una semana o un mes, por cualquier cosa, cambian las tornas y de repente cualquier excelente periodista se puede ver relegado, arrumbado en el último rincón de la redacción, como si nada de lo que hizo valiera. Le puede ocurrir a cualquiera.


C. A.: A este respecto, ¿qué consejo podría dar a todos los que están empezando en esto del periodismo?
F. P.: Uff… pues varios que me dieron a mí: Iñaki Gabilondo en una entrevista que le hice cuando estábamos en primero de Periodismo me dijo: “Hay periodistas que confunden el poder con la cercanía al poder. Y no es lo mismo. Uno puede entrevistar varias veces a alguien muy poderoso y la relación puede ser amistosa, pero él está en un sitio y el periodista en otro”; y por otro lado, José Luis Garci tenía un programa de radio que se llamaba “Luna de miel”. Una noche llegaron unas chavalas que estudiaban periodismo para entrevistarle y él permitió que la entrevista fuese en directo, en abierto. Y al final le preguntaron también por un consejo y él les dijo algo así como que intentaran siempre se humildes y tratar a la gente con la misma sencillez que él había intentado tratarlas a ellas.


C. A.: Hay algunos periodistas que desde jóvenes piensan en ser corresponsales de guerra y les apasiona serlo, ¿te lo habías planteado?
F. P.:
Nunca pensé en ser corresponsal de guerra. Mi afán siempre fue estar donde haya cosas que contar. Pero no quiero ir por la vida a lo Indiana Jones, como uno de esos tipos que parecen que se dejan barba de tres días para encenderse en ellas las cerillas. No soy un tipo duro ni pretendo serlo. Simplemente, reportero.


C. A.: Antes de nada enhorabuena por tu último libro, testimonio fiel de la guerra de Irak. Algo que llama la atención es cómo relatas las relaciones entre los colegas de la profesión, es un verdadero apoyo ¿no?
F. P.:
La verdad es que de las mejores cosas que te pueden suceder en tu trabajo es tener buenos compañeros. Y lo peor es tenerlo malos. Creo que es bueno desarrollar ciertos reflejos para huir de las malas compañías y los malos hábitos.



“Cuando tienes trabajo por delante ese trabajo te protege”



C. A.: Supongo que siendo corresponsal de guerra se siente miedo en bastantes ocasiones, y puedes casi sentir el olor de la muerte, ¿qué es lo que le daba fuerza para seguir? ¿En qué o en quién pensabas para seguir allí?
F. P.:
Cuando tienes trabajo por delante ese trabajo te protege. Yo pensaba en la crónica del día siguiente, en cenar con mis amigos por la noche… No me planteaba abandonar…. Entre otras cosas porque cuando empiezas la guerra tampoco hay un camino expedito para salir corriendo.


C. A.: ¿Qué recuerdo guarda de la población iraquí?
F. P.:
Muy entrañable. Pero creo que en este año han cambiado mucho las cosas y ese sentimiento de afabilidad ya no es igual.


C. A.: Acabada su estancia en Bagdad, ¿que sintió usted al llegar a su tierra?
F. P.:
Cada vez estoy más enamorado de este país y de su gente. Cada vez más.


C. A.: Y finalmente, ¿Qué tiene más fuerza en usted: el Francisco Peregil escritor o el periodista?
F. P.:
El periodista trae el dinero a casa, pero el otro no se resigna a jugar su papel de segundón. Y andan, a la greña



(*) Nota de la autora: esta entrevista no ha sido publicada hasta ahora, ya que se elaboró como ejercicio de clase en 2003.