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Minero de estrellas,
de J.M. Morón |
En el continuo germinar de Arte en nuestra tierra, - ya sea debido “al espíritu de libertad de sus ciudadanos por su privilegiada ubicación en la zona”; o al “hecho de 'estar conviviendo' con unas tonalidades paisajísticas muy peculiares"-, la poesía es quizás la faceta artística que menos se ha prodigado en Nerva, en comparación con la pintura o la música. Sin embargo, si hay una figura que envuelve la retina poética de todos los nervenses esa es la del insigne José María Morón y su Minero de Estrellas:
(…) ¿Nombres? Yo no recuerdo ninguno entre mis labios,
sólo el enorme, anónimo, del genérico esfuerzo.
¡Hombres de hollín y lodo! ¡Mineros de Río Tinto!
Yo os guardo en el más alto mirabel del recuerdo.
(“Epístola a los mineros de Río Tinto” de José María Morón: Minero de Estrellas. Diputación de Huelva, 1993.)
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Último poemario del riotinteño
Juan Cobos Wilkins |
Claro que hay además otros nombres de nervenses que brillan por su amor a los versos. Junto a Morón, algunos de ellos aparecen recogidos en el libro
Artistas Nervenses. Ventana Abierta al Arte Contemporáneo.1882- 1942 (Juan Gómez Moreno: 1996):
Benito Cabanas Pérez, Manuel García Díaz, Manuel Martín Vázquez, y José Antonio Vázquez del Águila. Ya en generaciones venideras y más actuales, retumban también otros nombres: como el entrañable
Alberto Calero y su
Poeta en la calle, la silueta minera sempiterna
Manuel J. Pérez Illescas, el siempre entregado a Nerva
Juan Francisco Román, la fuerza de los versos mineros de
Antonio Perejil- Delay, o uno de los más jóvenes premiado hace años según aparece en varios
Nervae antiguos,
José Luís Villalba. Y cómo olvidar aquí al poeta de
“la tierra de la cicatriz roja”, -uno de los más laureados últimamente y premio Torre de Nerva de hace unos años- y que da alas a la Cuenca Minera de Riotinto con sus versos cuidados: el riotinteño
Juan Cobos Wilkins.
Releyendo
El Silbo del Minero de Pérez Illescas, en el prólogo de Vázquez del Águila se encuentran las claves del verdadero papel del poeta y que toman más valor aún en los tiempos que vivimos de crisis e incertidumbre:
“Quizás la voz del poeta sea la más adecuada para levantar monumentos, cantar gestas o perpetuar imágenes que el devenir de los tiempos termina por sepultar en el olvido. En el poeta florece siempre un corazón eterno. Mientras canta, su corazón late entre luces y sombras: aquellas, para alumbrar caminos y descubrir senderos; éstas, para rumiar reposos, fracasos o silencios. Cuando el poeta calla, sigue su corazón latiendo, pero – ya despojado de sombras-sólo entre fulgores que reflejan corazones ajenos”. Sí, es la hora del descubrimiento de la poesía nervense, de la poesía nueva y viva, de esa que fluye sin receso como el Tinto hacia la campiña, con fuerza y a veces serpenteantes por los libretos en blanco de dos poetas; sí, con sus luces y sus sombras, con sus gritos y sus silencios, pero libres, siempre libres:
Juan Antonio Arias y
Pedro Ferreira, en los que juventud y madurez juegan a ser en sus versos una misma esencia que late, que siente y, sobre todo, que vive siempre con los pies en el suelo.
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